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De todos los artículos que he escrito este es, por alguna razón, el que ha generado más expectación. Desde que comenté que estaba trabajando en él, es raro el día que alguien no me comenta que está deseando leerlo. Así que he llegado a foto la conclusión de que la gente no necesita un artículo que les convenza para dejar Facebook, porque ya están convencidos: lo usan y se les queda una capa de mugre espiritual que no saben bien como sacudirse. Lo que la gente necesita es a alguien que les diga que van a estar bien si lo hacen. Que no les van a a señalar con el dedo por la calle, que la gente no se va a olvidar de ellos y a encontrarles meses después en su casa, rodeados de basura; que no van a volver súbitamente a la edad de piedra.

Por eso este artículo empieza con una lista de razones de por qué Facebook es diabólico, pero sobre todo pretende ser un testimonio de lo que pasa cuando sales de las redes sociales incluso aunque tu sustento dependa de Internet.

Yo no solo no creo que Facebook sea imprescindible: creo que es claramente pernicioso. Dentro de unos años miraremos atrás y nos daremos cuenta de que la forma en que usamos Internet ahora es el equivalente al tabaco hace treinta o cuarenta años, y que quienes antes sepan salir de los tentáculos de la web en general, y de las redes sociales en particular, tendrán ventajas en el mundo del futuro.

Lo que pasa es que hemos llegado a un punto de locura colectiva en el que parece que las redes sociales son un prerrequisito para la existencia, y salirse de ahí da miedo. A mí me ha costado mucho, por motivos de todo tipo: profesionales, sociales e incluso emocionales. No ha sido hasta darme cuenta de que dejar las redes encajaba en temas más amplios para mí, como la libertad, la compasión o la salud de mi cerebro, que lo he tenido claro; y ahora, como me pasa siempre que tomo una gran decisión, estoy en plena misión evangelizadora.

Por otra parte, tengo un historial de cambiar de opinión en mis grandes decisiones (el vegetarianismo, no querer hijos, la paleodieta, querer ser santa cuando estaba en el colegio) muy épico, así que no me tomes demasiado en serio. Aprovecha mi frenesí de apostolado para plantearte tus valores y tus decisiones, y después haz, por supuesto, lo que te dé la gana.

Tú no eres el cliente de Facebook. Eres el producto. El cliente de Facebook y, por tanto, donde reside su lealtad última porque si no, no comen, y a todo el mundo le gusta comer, son las empresas. El producto son tu privacidad y tu atención.

Para satisfacer a sus clientes, Facebook necesita:

  1. Que cada vez tengas menos privacidad. Es decir: que cada vez compartas más y más cosas. De ahí la evolución hacia características como emitir en directo, coordinarse con otras redes sociales y de mensajería, como Instagram y WhatsApp, o integrarse con páginas que requieren registro para que, por pereza, hagas clic en «iniciar sesión con Facebook» y les des otra pieza más de información.
  2. Que cada vez les prestes más atención. Facebook pone todo su interés en ser cada vez más y más adictivo: en insertarse en tu vida y en tu negocio de forma que te parezca que no puedes vivir sin él. Se alimenta de notificaciones, de aplicaciones en múltiples dispositivos y entornos; en resumen: de interrumpirte con la mayor frecuencia posible para recordarte que el sitio donde debes estar es ahí, en Facebook.

Algo que me hace desconfiar de Facebook es que no conozco a nadie que sea un apasionado de ello. No es un hobby, no es un interés; nadie te dice orgullosamente que su tiempo libre lo dedica a leer, a viajar y a Facebook.

«Vale —me dirás—, pero es que Facebook es una herramienta para comunicarse». También lo es la escritura, y la fotografía, y leer, y hay apasionados de todo esto. Facebook no te hace sentir inspiración o plenitud. Un día en Facebook no te lleva a meterte en la cama con el corazón repleto y una sonrisa en los labios.

Si lo miras desde la perspectiva de que para ellos eres el producto, es normal que no te inspire ni te apasione. ¿A quién puede apasionarle ser algo que está, literalmente, en venta? Digo literalmente, porque los dueños de negocios literalmente pagan dinero literal para acceder a tu valiosa atención y a tu tiempo. Pagan por poder seleccionarte en función de la información que les has dado voluntariamente y mostrar anuncios en tu muro.

Si Facebook tiene el éxito que tiene, es porque está sabiendo satisfacer ciertas necesidades humanas muy importantes: conexión, estimulación, creatividad. El problema es que Facebook es un agonista parcial.

Me explico: nuestras neuronas funcionan con neurotransmisores, que son como llavecitas que se insertan en cerraduras. Un agonista parcial es una sustancia externa que también encaja con la cerradura, pero no a la perfección. El agonista activa el receptor, sí, pero no tanto como lo haría el neurotransmisor original; aun así, a pesar de este acople imperfecto, impide que entre ninguna otra llave en esa cerradura en concreto.

 

Facebook es un sucedáneo que nos da una vida de segunda clase y que impide que entre lo que realmente haría girar nuestras cerraduras.

El misterioso caso del fotógrafo desaparecido

Pablo, que también ha dejado Facebook, me contaba hace algún tiempo cómo ha conocido en Luxemburgo a un fotógrafo que solo publica su trabajo allí. Decía que al principio se sintió triste por no poder «mantener el contacto», pero que después se preguntó si realmente es de esperar que mantengas el contacto para siempre con alguien a quien conoces durante un par de días en un viaje de escalada y a quien probablemente no vas a volver a ver. ¿Es esta la forma natural y lógica de hacer evolucionar nuestras relaciones?

Mientras más quiero a la persona, menos me gusta ver sus actualizaciones en Facebook: en lugar de ser una forma de conectarme con ella, se convierte en un sucedáneo. ¡Yo no quiero ver como mi amiga se va de viaje! ¡Quiero irme de viaje con ella! Quiero que nos sentemos en una terraza al borde del mar a tomar cócteles y cotilleemos sobre la vida.

La única gente a la que me apetece mirar en Facebook son aquellos cuya vida privada no me sería accesible si no fuera porque un día decidieron que coincidir conmigo en el colegio, o en el trabajo, o durante un par de horas en un evento, es suficiente para que sepa sobre sus vidas, sus bodas y sus hijos. Lo peligroso de esto es que me ha creado una falsa sensación de conexión con decenas de personas de las que en realidad no sé nada.

Hace un par de años, me acordé de mi compañera de piso de primero de carrera, que no tiene Facebook. De repente, me entró una nostalgia terrible por sus ensaladas con pepinillos y su acento de Jaén. Así que busqué su correo electrónico y le mandé un mensaje. Tardó meses en contestar, porque era una dirección antigua, y cuando lo hizo intercambiamos varios mails contándonos qué era de nuestras vidas. Sentí que ese pedazo de conexión imperfecta y breve era más real que estar informada en directo de lo que desayuna.

Porque si llevas veinte años sin ver a tus compañeros de carrera y no sabes nada de ellos, ¡es normal! ¡No tenemos derecho a toda la información de todas las personas a las que hemos conocido alguna vez! De hecho, no tenemos capacidad para sostener toda esa información en la cabeza, y hasta Facebook lo sabe y limita la cantidad de actualizaciones que muestra en tu muro. Está bien ser capaz de dejar ir a la gente y de asumir que quizá no vas a volver a ver nunca a ese fotógrafo brasilero tan simpático.

Tengo ganas de saber cómo será la reunión de aniversario de mi colegio: estoy segura de que todo el mundo querrá hablar con los bichos raros que no tengan Facebook, porque nadie sabrá qué habrá sido de ellos hasta que no decidan contarlo, voluntariamente y a su ritmo.

El resto de las conversaciones estarán salpicadas de silencios raros después de intercambios como:

—Pues yo tengo dos hijos.
—Sí, ya lo sé: Carlota y Hugo, ¿verdad? Carlota acaba de irse a la universidad, que por cierto, tiene razón tu prima Pepi, el vestido de graduación le quedaba estupendo. Y enhorabuena porque Hugo haya sido campeón de ajedrez de Andalucía, ¡tienes que estar muy orgullosa!
—… (silencio raro)

Igual tu ideal de relacionarte con otros es el muro de Facebook y, en ese caso, adelante. Yo sé que para mí no lo es. Sé que en mi lecho de muerte no me voy a sentir súper satisfecha porque en 2017 intercambié 35 «me gusta» con mi amiga Carolina, ni voy a pensar «jo, ojalá hubiera publicado en los muros de más gente por su cumpleaños».

[Por cierto: va a ser interesantísimo mi cumpleaños de este año. Voy a hacer un experimento: mi cumpleaños es el diez de mayo. Plantéate si te interesa felicitarme (porque quizá no): si te interesa, busca la forma de acordarte y de hacérmelo saber. Cuando llegue la fecha en sí, cuéntame tu experiencia de felicitarme estilo vintage, y yo contaré aquí la mía.]

Hace un par de semanas fui a la boda de un amigo y compañero de la residencia. Acudieron también muchos ex compañeros de trabajo a los que hacía tiempo que no veía. Una de ellas, a la que llamaremos H., me llevó aparte en un momento de la noche y me explicó, atribulada, que quería hablar conmigo porque habíamos tenido un encontronazo en Facebook hacía un tiempo.

Me dijo que ella había publicado algo y que en ese momento estaba triste y preocupada porque no sabía si iba a encontrar trabajo al terminar la residencia, y que yo le contesté de manera borde. Que le había sentado muy mal, porque estaba sensible, y que quería decírmelo para que pudiéramos limpiar el ambiente.

Hay dos aspectos preocupantes en esta historia.

El primero es que yo no me acordaba. Me sonaba vagamente la «conversación», pero no hubiera podido reproducirla con exactitud ni aunque me hubieran pagado.

El segundo es que yo creo que soy bastante amable en la vida real. Como dijo un compañero del máster después de compartir piso una semana para un curso: «Marina es contundente, pero no es ofensiva». Pero Facebook saca lo peor de mí. Es demasiado fácil componer un mensaje hiriente cuando estás sola en tu casa y soltarlo sin contexto en el ciberespacio.

Imaginad que yo hubiera coincidido con H. en la vida real. Ella me habría contado lo preocupada que estaba, yo habría tratado de ser empática, y si hubiera salido el tema de la conversación, estoy segura de que no habría sido borde con ella. Porque no me gusta el conflicto gratuito y porque para eso nos sirve nuestro cerebro de humanos: para mirar a las caras de la gente y evitar acabar a tortazos con todos y que nos abandone la tribu en mitad del bosque.

Trump puede ganar las elecciones (aunque tu muro diga lo contrario)

Facebook no te informa. O te informa, sí, pero con un sesgo fundamental: tiende a mostrarte la opinión y los enlaces de la gente que ya piensa como tú. Aquí es donde me quejaría también de Twitter, pero Twitter me ha parecido siempre tan sumamente desagradable, nivel dos minutos en Twitter y mi opinión de la raza humana desciende al inframundo, que no tengo suficiente información de cómo funciona para criticarlo.

Informarse en un entorno donde la gente opina como tú no te enriquece: te radicaliza. Esto se llama polarización grupal, y explica por qué esa gente súper informada y súper comprometida se queda en shock absoluto cuando se entera de que Oh My God, hay otros que no piensan como ellos. Es la gente que no entiende el resultado de las elecciones de EEUU. Una cosa es que no te guste y otra cosa es que no lo entiendas, que no lo puedas pensar como posible: y no lo piensas como posible porque hasta ahora tu burbuja filtrada online no te lo mostraba.

Es probable, además, que acceder a toda la información que necesitas para tomar decisiones correctas sobre los temas de actualidad sea imposible. Porque no solo necesitarías los hechos crudos, contados de forma no sesgada y en su totalidad; también te haría falta el suficiente bagaje cultural e intelectual como para saber interpretarlos.

Y, aun así, ¿quién sabe qué está bien y qué está mal? Mi profesor de psicología del pensamiento decía que el número de argumentos a favor y en contra de una posición es virtualmente infinito: que todo debate puede hacerse interminable. El mundo es inmensamente complejo y las consecuencias de nuestros actos son impredecibles.

Esta es una posición poco popular, porque supone admitir que no tienes control sobre lo que te pasa y que ni siquiera puedes saber si lo que eliges hacer cada día está bien. ¿Y si hoy estás comprando quinoa ecológica, porque es sana, y de comercio justo, y sin pesticidas, y mañana sube el precio de la quinoa en su país de origen, y la gente de allí no puede comprarla, y tienen que dejar de alimentarse como llevan haciéndolo durante milenios? ¿Estás siendo una buena persona o una mala persona? Asumir que no tenemos información suficiente supone colocarse en la incertidumbre, y eso es incómodo.

Pero tengo una idea radical para vosotros: ¿y si no necesitáramos más información, sino más compasión? ¿Y si no se tratara de buscar argumentos a favor de una posición o de la otra, sino de encontrar los puntos en común que tienen ambas posiciones, y que son muchos más de los que creemos?

Revolucionario, lo sé.

Por desgracia, la idea de más información = mejores decisiones está insertada a fuego en nuestra cabeza, y es una de las falacias de las que se sirven las redes sociales para tenerte enganchado.

Rayas en el agua

Aquí es donde me pongo nihilista y pienso que si total, si todos vamos a morir y la Tierra va a ser engullida por un agujero negro, qué más da que te pases la vida leyendo a Nietzsche o viendo vídeos de gatitos. ¡Allá cada uno con lo suyo!

La cuestión, sin embargo, es que distintos tipos de entretenimiento se sienten diferente y dejan una huella distinta en nuestro cerebro. Es la hipótesis principal de The Shallows: el libro que terminé hace poco y que me convenció de que tenía que cambiar mis hábitos.

Cuando navegas rápidamente por Internet y, por extensión, cuando repasas tu muro de Facebook a ver si hay algo interesante, le estás diciendo a tu cerebro: «por favor, analiza la mayor cantidad de información posible, de la manera más superficial posible». Esa forma de consumir información impide que tu cerebro pueda almacenarla y procesarla de manera profunda. Es como hacer rayas en el agua, una detrás de otra, una vez y otra vez y otra vez.

Y eso lo cambia todo. Cambia tu relación con el mundo y con la gente; tu capacidad de prestar atención a lo que te pasa; tu foco; tus intereses. Yo he empezado a cambiar mis hábitos online porque me he dado cuenta de que estaba perdiendo la capacidad de leer. A los diez años, me había leído al menos ocho o diez libros de Julio Verne, Ben Hur, todo Sherlock Holmes, Robinson Crusoe. Me faltaba Kurosawa para ser como la Infanta Leonor. ¡Y ahora no puedo pasar del chick-lit! Me cuesta horrores terminar algo que no sea adictivo y que no ofrezca una experiencia de lectura parecida a deslizarse por un tobogán acuático.

Ayer Pablo me comentó algo interesante: ¿qué pasaría si cada día imprimieras lo que aparece en tu muro? ¿Te parecería papel bien empleado? ¿Lo encuadernarías y lo mostrarías, con orgullo, en los estantes de tu salón? Y en el caso de que pienses que sería papel malgastado, ¿por qué das más valor al papel que a la energía y al tiempo de la única vida que vas a tener en este planeta?

¿Quieres que Mark Zuckerberg lleve tu negocio?

Este apartado va a ser cortito porque, francamente, llevar un negocio es duro, y que cada cual se busque las papas como pueda.

Dicho esto, creo que en la inmensa mayoría de los casos, y sobre todo para la gente que empieza con un negocio online, las redes te distraen de las tareas que son realmente importantes.

No te pongas a compartir si todavía no tienes una voz propia y contenidos interesantes. No promuevas tu página de Facebook si no tienes una buena lista de correo. No gastes dinero en anuncios de Facebook si no sabes cuánto rendimiento le estás sacando a ese dinero, ni de qué calidad es ese tráfico, o si no tienes productos para vender. Y, sobre todo, no apoyes el grueso de tu negocio en una empresa externa que podría cambiarte las condiciones el día menos pensado.

La capa de creepiness que recubría mi vida

Creepiness es una palabra para la que no he encontrado una traducción satisfactoria. Es una mezcla entre desagrado, repulsión e incomodidad: lo que te hace sentir el desconocido que te mira fijamente en el autobús. Y es lo que me está haciendo sentir Internet de forma cada vez más frecuente.

Es creepy que esté hablando por Whatsapp con mi amiga Vane de que vi un vino de su bodega en Portland, Oregón, y cuando abro Instagram lo primero que me muestre sea una foto de la bodega de Vane.

Es creepy pasar unos días en casa de mi madre, compartiendo la misma conexión a Internet, y que Youtube me empiece a sugerir los vídeos que está viendo ella.

Es creepy unirme a un grupo de fertilidad natural en Facebook y que me empiecen a salir anuncios de tests de ovulación y embarazo por todas partes.

La realidad se está convirtiendo en algo orwelliano y lo está haciendo con nuestro completo consentimiento. Y el camino para disminuir la creepiness no pasa por aumentar la privacidad, sino por disminuir nuestro tiempo de interacción con los aparatos.

 

Estas son, grosso modo, las principales desventajas que le veo a Facebook, y es lo que tenía en mente cuando, hace ya más de un mes (¡aleluya!) pulsé definitivamente el botoncito de eliminar mi cuenta de Facebook y la de Twitter de Psicosupervivencia. En ese momento, puse Instagram en «tiempo para pensar»: borré la aplicación del móvil y pensé que decidiría si quería o no seguir allí después de un tiempo.

En el proceso de escribir este artículo he borrado del todo mi cuenta de Instagram, y he acabado también con las dos adicionales de Twitter que tenía sueltas por ahí (@marinalunes y @mailterapia). La URL para borrar la cuenta de Instagram está oculta, y tanto Twitter como Facebook te impiden eliminar del todo tus cuentas; en lugar de eso, las desactivan y las reactivan si inicias sesión dentro de un periodo determinado (15 días para Facebook, 30 días para Twitter). Es decir, que si quieres eliminar tus cuentas, necesitarás mantener tu decisión y tu fuerza de voluntad un tiempo después, porque si no todo vuelve a empezar. He ahí otra pincelada de creepiness.

¿Cómo ha sido mi vida desde entonces?

Cuando tomé la decisión de desincrustarme de las redes sociales, me pregunté si serviría para algo, teniendo en cuenta que apenas las usaba. Uno de mis mayores cargos de conciencia en mi vida profesional era que no usaba las redes sociales lo suficiente, por aquello de que es importante para que la gente te vea, y hacerte mundialmente famoso, y tomar cocolocos por ahí.

Así que me ha sorprendido de forma muy agradable el efecto tan positivo que he notado. No me había dado cuenta de la sobrecarga mental que me estaban generando las RRSS, por poco que las utilizara.

En la primera casa que compartimos, Pablo y yo teníamos una «Habitación del Mal»: un cuarto muy pequeño que enseguida llenamos de material de escalada y trastos varios. La Habitación del Mal se podía cerrar, pero tú sabías que detrás de esa puerta había caos y desorden, y eso te iba pesando poco a poco, día tras día. Algo así me pasaba con las redes sociales. Ahora, de repente, es como si en mi cerebro hubiera más silencio y más paz. Como si brillara más el sol. Es muy parecido a hacer un Marie Kondo en tu casa, tirar bolsas de porquería que no estabas utilizando y quedarte solo con aquello que te da alegría y te hace vibrar.

A veces un momento es solo un momento

Ya no me paso la vida pensando en que tengo que compartir lo que hay delante. Recuerdo viajes de escalada en los que me rondaba la cabeza de forma persistente la idea de que debería hacerme una foto impresionante, escalando un desplome brutal, para ponerla en las redes sociales y que la gente supiera que había estado ahí. Porque ¿para qué narices te vas de viaje de escalada, si no puedes presumir de fotos?

Lo peor es que ya no era una decisión consciente, sino una especie de molestia constante. Mi cerebro había vinculado con fuerza determinados estímulos de la realidad (una comida bonita, un día divertido, un momento agradable) con la respuesta «compartir en redes sociales», igual que vincula el estímulo «me pica un pie» con la respuesta «rascarte».

Este es uno de los motivos por los que creo que para obtener todos los beneficios de dejar las redes, hay que dejarlas todas: porque si no, vas a seguir pendiente de cómo compartir lo que estás haciendo para que el mayor número de gente posible vea que vas ganando en el juego de la vida.

Mi intuición me dice que es pernicioso grabar de forma tan profunda en tu cerebro que tus momentos no valen para nada si no se los estás enseñando al mundo. Es como si te pasaran vasos de agua fresquita y rica, y en lugar de beberlos tú los tiraras inmediatamente al mar, porque tienen que estar ahí, mezclados con todo el agua de todo el mundo.

Además, el hecho de haber cimentado ese recorrido neuronal con tanta firmeza estaba bloqueando que pudiera hacer algo distinto, y más interesante, con esos mismos estímulos. Como si el agua fresquita que te pasan también pudiera usarse para regar plantas y árboles, y en lugar de eso yo siguiera tirándola ahí, al mar. Ahora cuando me pasa algo pienso en escribir aquí, o en mi diario; leo un texto bonito y se me ocurre enviárselo a Pablo para que hablemos de él, o quizá escribirlo con rotuladores de colores y colgarlo en mi escritorio para verlo todo el día. Es como si la realidad me perteneciera más.

Lo mas curioso es que esto se daba aunque, insisto, yo apenas usaba las redes sociales. La posibilidad estaba ahí y mi cerebro lo sabía.

Otro efecto curioso que estoy notando son las ganas de compartir algo con personas concretas. Por ejemplo: ayer saqué un vídeo hilarante de mis gatas jugando con una caja de cartón y, como no tengo redes sociales, me pregunté a quién podría hacerle gracia. Se lo mandé a Pablo porque, seamos sinceros, es el único que comparte mi nivel de entusiasmo por nuestras gatas, y estuvimos un montón de rato haciendo bromas sobre que la caja es el centro de entrenamiento ninja de Kalimera.

Hace unos días estaba escuchando a Quique González y pensé que podía gustarle a un amigo americano que se ha instalado en Andalucía y está aprendiendo español, así que le mandé un correo con mis canciones favoritas y un enlace a una lista de Spotify.

Me respondió al día siguiente con esto:

Muchisimas gracias mi amiga! Estamos escuchando a él ahora con una copa de vino, aceitunas, y tu libro. Una noche perfecta. Me gusta su estilo. Me acuerdo es similar de Sabina, quien me encanta. Gracias mucho. 

Hasta pronto!

Releyendo el mail, me parece triste que algo que es perfectamente normal y natural, como recomendarle música a alguien y que ese alguien te lo agradezca y te diga que le ha gustado, tenga de repente para mí el sabor de algo que había olvidado durante mucho tiempo. De algo especial, preciado y un poco vintage. ¿Cómo ha llegado mi vida al punto en que un mail es algo vintage?

Es una de las razones por las que también he quitado los botones de compartir de este blog, aparte de porque la hipocresía de promover algo que yo misma no uso sería demasiado estratosférica: porque si no hay botones, pero lees un post y te apetece que más personas lo conozcan, mi esperanza es que dediques un poco de tiempo extra a pensar en quién se podría beneficiar de él en este punto de su vida, y que alimente una relación real entre vosotros.

Bye bye, bikini girl

La red social que más utilizaba, con diferencia, era Instagram; y para lo que más la usaba, también con diferencia, era para seguir a tías muy fuertes y motivarme cuando iba al gimnasio; lo que comúnmente se llama fitspiration o fitspo. Elegía, en su mayoría, a mujeres empoderadas, que buscaban la fuerza y no la estética, y que se preocupaban por su salud y sus hormonas. Pero, lo admito: también seguía a unas cuantas bikini girls que se hacían un selfie diario para ver cómo iban sus abdominales.

No sé si funcionaba o no, pero en estas últimas semanas sin Instagram he notado algo, y es que soy mucho menos crítica con mi propio cuerpo. Paso menos tiempo en el espejo mirando a ver si mis bíceps han crecido y mi cintura ha menguado. Hasta veo más guapas a las demás chicas del gimnasio. Es como si no tener tan accesibles todas esas imágenes de mujeres perfectas estuviera recableando también esa parte de mi cerebro y creando nuevos estándares de supuesta belleza.

Entrar al quirófano con las uñas limpias

Facebook es como pintarse las uñas antes de una cirugía: resulta peligroso, porque te impide ver el auténtico estado de tus relaciones sociales. Te crea la sensación tranquilizadora de ser parte de la vida de los demás, y a la inversa. Ahora que no lo tengo, puedo ver de verdad cómo está esa parte de mí.

El finde pasado, por ejemplo, no tenía a nadie con quien quedar aquí en Granada: coincidió que toda la gente a la que conozco estaba por ahí u ocupada, y me vi con dos días completos frente a mí en la única compañía de mis gatas. Durante un rato, me puse triste, y aunque no eché de menos Facebook, pude comprender cómo habría resultado un consuelo pasarme un rato revisando mi muro, poniendo «me gusta» y chateando con la gente que está lejos. Pero después decidí que esa tristeza estaba bien, que era coherente con sentirme sola, y que solo si me permitía sentirla de verdad y no acallarla con sucedáneos podría dar los pasos suficientes para mitigarla.

Igual que me surgen de forma más natural las ganas de compartir lo que veo con personas concretas, también me viene la necesidad de relacionarme con gente concreta. No echo de menos «estar conectada»; echo de menos a Elsa, o a Anxo, o a Javi el MIR, y pienso que quiero llamarles un día de estos y ver cómo están.

Estoy observando el proceso con curiosidad para ver hacia dónde me lleva, y confiando en que mi naturaleza humana y mis ganas de conectar harán que dé los pasos necesarios para fortalecer mis relaciones y hacer otras nuevas.

¿He perdido amistades después de dejar Facebook? Antes de irme, recopilé formas de contactar con las personas a las que solo tenía allí, y de momento solo he sentido la necesidad de hablar con una de ellas, a la que conocí hace poco en un viaje a EEUU: le he escrito un mail y tan contenta. No me ha contestado, pero honestamente prefiero que haya leído mi mail, se haya enterado bien de lo que quería decirle y me conteste cuando tenga un rato y si le apetece, a que me ponga un «me gusta» a una actualización de dos líneas y las dos llamemos a eso una amistad.

¿He perdido vida social, en general? Teniendo en cuenta que soy bastante introvertida, ya tengo más posibilidades de vida social de las que necesito. Este fin de semana he quedado con NPP (Non Pablian People, es decir, gente que no son Pablo) viernes, sabado y domingo, y estoy exhausta.

Sí que noto que no es tan fácil interactuar con la gente si no es por las redes. Parece que lo de llamar por teléfono sin avisar por whatsapp y asegurarte de que no estás interrumpiendo algo importantísimo es como muy de 2000, y lo de contestar mails, ya os digo, se ha vuelto vintage. Pero bueno, tengo la enorme esperanza de que haya una ola de rechazo colectivo a las redes sociales e, igual que han vuelto otras modas del pasado, regresen las cartas de papel, las largas conversaciones por teléfono fijo e incluso los «me paso por tu casa y te llamo al fonoporta porque no tengo nada que hacer».

[Nota: fonoporta es una palabra que solo he oído utilizar a mi amiga Elsa y a su familia para referirse al portero electrónico de las casas. Tengo curiosidad: ¿alguien más la usa? Y si no la usáis, ¿no es genial? ¿No deberíamos usarlos todos? Fonoporta. Dilo en voz alta. Se te llena la boca.]

Yo ya no scrolleo

Recuerdo una conversación con mi ex hace diez o doce años, en la que hablábamos de lo nocivo que era ir una y otra vez a los mismos sitios de Internet (normalmente blogs y páginas de noticias) esperando a que apareciera algo nuevo. Por aquel entonces no sabíamos que era el equivalente de quejarse de lo adictivo que es el chocolate y que de repente aparezca la heroína.

Porque los blogs actualizan cada varios días, pero Facebook te proporciona un suministro constante e ininterrumpido de estímulos. En Facebook (y en Twitter, y en Instagram) pasan cosas todo el rato, y el movimiento estrella del lector es hacer scroll: desplazarse hacia abajo en la página en un movimiento que podrías continuar eternamente. No hay nada que señale un posible final de la actividad, y te encuentras perdido, sin referentes temporales ni ganchos que te saquen del pozo sin fondo de tu muro.

Cuando dejé las RRSS, noté que mi cerebro tenía esa necesidad de ir a un sitio donde sabía que iba a tener su chute constante de estímulos novedosos, y me vi visitando blogs y foros para ver si me daban algo parecido. Me preocupó que esa ruta neuronal fuera permanente y no estar eliminando el problema, sino cambiándolo de sitio.

Sin embargo, la necesidad de scroll ha disminuido muchísimo desde que dejé Facebook. Estoy procurando no ir a ninguna web que tenga un suministro constante de estímulos como los de las redes sociales: reviso blogs, pero en el momento en que no hay una actualización nueva, mi mente lo interpreta como una señal para cambiar de actividad, y me resulta más fácil salir del bucle. Eso quiere decir que ya apenas me pasa esto:

También he notado que dejar las redes forma rápido un círculo virtuoso: tengo más capacidad de foco, así que me concentro más, y mientras más me concentro, menor es mi tendencia a distraerme con Internet y, a cambio, más foco obtengo. De esto hablaba también The Shallows: de que mientras más distraído estás, más te distraes, y a la inversa.

Ahora estoy viviendo la agradable experiencia de decidir deliberadamente qué contenido consumo, en vez de hacer clic en sugerencias de otros. Por ejemplo, he buscado cómics de Sarah Andersen (la ilustradora de arriba) y me he pasado un rato leyéndolo y partiéndome de risa. No es exactamente leer a Proust, pero es un progreso.

Escribiendo sobre el scroll, por cierto, me he dado cuenta de que quizá por eso Instagram cambió hace poco la forma de mostrar actualizaciones. Antes, cuando te las enseñaba cronológicamente, había un punto en el que empezaban a cargar fotos que ya habías visto antes y podías parar. Ahora las mezcla, supuestamente en función de tus preferencias, pero eso alarga muchísimo el scroll, porque nunca puedes estar segura de haber visto todo lo que se ha publicado recientemente. Esto añade un punto más al factor de creepiness y de “vamos a hacer esto cada vez más adictivo” buscar a alguien en facebook por una foto y me confirma que he hecho bien quitándome de en medio.

Y resulta que me gustaba escribir, después de todo…

¿Has notado que desde que dejé Facebook escribo más aquí? Escribir me gusta mucho y no me cuesta demasiado trabajo; el problema es que a causa de las ideas sobre marketing que tenía grabadas a fuego en mi cabeza, no podía publicar un artículo sin «optimizarlo» para las redes, es decir: sin pensar en un título increíblemente sugerente, crear una imagen para compartir, meter unos cuantos «tuitea esto», asegurarme de que Facebook capturaba bien el resumen del artículo y mostraba la foto que yo quería, y mil millones de detalles molestos más.

Cada vez que terminaba un artículo, me esperaba un montón de rato con esas tareas aburridas, que actuaban como «tapón» entre un post y otro y me quitaban tiempo de escritura real. ¿Y todo para qué? Para que mis artículos se mostraran delante de gente en modo consumir-información-muy-rápido, que probablemente no les iba a echar más que un vistazo rápido antes de abrir la siguiente pestaña de su navegador.

Ahora que he decidido minimizar las tareas aburridas en mi negocio y centrarme en escribir, escribo más y publico más. Publicar ya no es una puñetera pesadilla que incluye mil plugins, diseñar imágenes, etc. etc. Ahora escribo, formateo un poco, posteo y me queda energía para mantener conversaciones interesantes en los comentarios. Y soy mucho más feliz.

¿Se ha resentido mi negocio con esto de dejar Facebook? Pues en mi caso no, porque apenas usaba redes sociales para promocionarme. Siguen llegándome los mismos suscriptores al día y los mismos clientes a la consulta. Y yo soy más feliz, y quiero creer que vosotros también, porque hay más artículos que leer y no desaparezco durante semanas como hacía antes.

[Este artículo, concretamente, es una excepción, porque es cierto que sí que he desaparecido semanas hasta tenerlo listo. Pero llevo más de ocho mil palabras, así que el retraso solo se debe a mi interés por traerte algo con la suficiente consistencia.]

Te pierdes lo que sabes que te pierdes

Uno de los elementos que me mantenía en Facebook era el FOMO, o Fear Of Missing Out (“Miedo a perderse cosas”). Estar fuera significa no enterarse de cómo era el vestido de boda de tu amiga Marta o perderse esa discusión súper interesante en el grupo de «Amigos de los pájaros» en el que te has metido.

Sin embargo, desde que estoy fuera, el FOMO ha disminuido. Mi teoría es que cada vez que entras a Facebook, recibes una cantidad brutal de estímulos y es imposible que los asimiles todos: no puedes leer todas las discusiones de los grupos a los que perteneces, ni seguir todos los enlaces, ni interactuar en todos los comentarios. Así que tu cerebro sabe que hay temas interesantes y no estás participando en ellos, y eso, de hecho, empeora el FOMO en lugar de mejorarlo.

Se me ocurre, además, que quizá el FOMO no tenga tanto que ver con la cantidad de estímulos a los que prestas atención, sino con la calidad de la atención que dedicas a cada uno; que sea una señal de que tu cerebro esta disperso y sigue registrando a un nivel inconsciente un montón de señales periféricas, en lugar de sumergirse en algo concreto y silenciar esas señales.

Es decir: que si estoy muy ocupada escribiendo, no tengo espacio para pensar en lo que no puedo hacer y no experimento FOMO.

Pero esto, de nuevo, son teorías pseudocientíficas que me estoy inventando sobre la marcha. Lo que sí sé es que la angustia de no poder hacerlo todo a la vez ya no me consume tanto.

¡Eh, mira mi hamburguesa!

He aquí una lista de comportamientos pseudo-psicopáticos o autodestructivos a los que me han conducido Facebook, Twitter e Instagram y que ahora no hago:

  • Poner fotos de mí misma toda guapa y feliz pensando en dar celos a un ex.
  • Mirar fotos de otra gente y pensar en lo bien que les va a ellos y lo mal que me va a mí.
  • Cotillear las publicaciones abiertas del mencionado ex.
  • Buscar en Facebook a una persona a la que acabo de conocer en el mundo real para enterarme de más cosas de él o ella sin que me las cuente.
  • Cotillear cuentas de amigos de mis amigos a los que nunca voy a conocer, o de gente de grupos a los que pertenezco, por mecanismos intrincados y extraños de mi cerebro.
  • Discutir acaloradamente con desconocidos.
  • Discutir acaloradamente con conocidos.
  • Tener largas conversaciones con gente que vive en mi ciudad y con la que no me molesto en quedar en la vida real para tomar un café.
  • Mirar mis fotos antiguas y pensar en que el tiempo pasa y yo envejezco y algún día estaré muerta.
  • Leer tuits de gente contraria a mí en ideología y cabrearme un montón.
  • Leer tuits de gente de ideología similar a la mía y cabrearme un montón.
  • Mencionar a alguien famoso (o, lo que es peor, famoso en twitter) y pasarme días comprobando mis notificaciones, a ver si me responde.
  • Mirar todas las fotos antiguas de chicas guapas, a ver si alguna muestra que no es jodidamente perfecta y que yo no debería quemarme la cara con ácido porque total, para la que tengo, el resultado va a ser prácticamente el mismo.
  • Cotillear el muro de un potencial interés amoroso y publicar enlaces o frases que pienso que le podrían gustar, basándome en sus «me gusta».

Voy a parar aquí, porque me está dando un poco de vergüenza a pesar de que mi instinto de conservación desaparece mientras escribo. Yo no sé si yo soy particularmente rara o mi mente está muy desviada, pero mi intuición me dice que igual que cuando estás en un grupo grande tu comportamiento se ve afectado por la masa, cuando interactúas en las redes también te afecta ese entorno tan antinatural. La ¿prueba? es que me han surgido unas ganas súbitas de irme a espiar a gente sin su consentimiento, ni he empezado a discutir sobre política con el camarero del bar.

Si las redes sociales sucedieran en persona

Te quiero, cerebro

Mi intención principal al dejar las redes sociales no era tener un montón de amigos reales con los que irnos a la montaña sin wifi y jugar a las cartas junto al fuego. Lo que yo quería era recuperar mi cerebro.

El cerebro es donde ocurre todo. Si te cargas tu cerebro, te cargas tu vida, porque de su capacidad para concentrarse, relajarse y alternar entre estímulos de forma sensata depende cómo te vas a sentir tú.

Si me pasaba un rato en Facebook, después me sentía mal. Estaba atontada, empantallada, con náuseas. En el resto de mi vida notaba un espesor mental permanente, que atribuía al cansancio o al trabajo, pero que ahora sé que estaba causado porque mi cerebro recibía montones de información que no le daba tiempo a digerir.

Esto tenía consecuencias en mis relaciones sociales, mi trabajo, mi creatividad y mi capacidad para ser una humana crítica, compasiva y consciente. Lo vi claro y dejé Facebook con un convencimiento absoluto. Lo sigo viendo claro, y cada vez más; yo ya no hago previsiones sobre mí misma a largo plazo, y es posible que en algún momento vuelva a las RRSS y me tenga que comer mis palabras con papas. Pero mientras me dure esta luna de miel con mis propias neuronas, pienso disfrutarlas.

¿Qué puedes hacer, después de haber leído todo esto?

La respuesta corta es: deja Facebook y deja tus redes sociales. No se me ocurren más que ventajas para que lo hagas. Además, estoy convencida de que esto es como fumar o dejar el alcohol: que las mayores ventajas se obtienen cuando te quitas del todo. Si lo usas, pero poquito, estás tratando de mantener tus piernas en dos caballos a la vez, que representan maneras muy distintas de entenderte a ti y a lo que es ser una persona; cuando dejas ir a uno de los caballos del todo, puedes centrarte en agarrar las riendas del que te queda y ver a dónde puede llevarte.

De hecho, he estado tentada de borrar esta sección porque no quería darte salidas fáciles al problema que reemplacen lo que podría tener un beneficio mayor para ti y tu existencia, que es dejarlo del todo. Pero la Marina de hace cinco años no habría sido capaz de dejarlo del todo y, sin embargo, desde entonces he empezado a dar pasitos que han hecho que la transición sea indolora; sería hipócrita no recomendarte esos pasitos a ti.

Así que te propongo estrategias para que disminuyas el poder que las redes sociales tienen sobre tu vida.

Trozos de vida

Si la idea de quedarte sin redes sociales de un día para otro te llena de angustia, empieza a eliminarlas de áreas cada vez más amplias de tu vida. Por ejemplo, puedes “limpiar” tu teléfono: borra las aplicaciones prescindibles (Facebook, Twitter, Instagram, etc.) y desactiva las notificaciones de las que no puedes usar en el navegador, como WhatsApp.

También puedes hacerlo por tiempo. Yo ahora meto mi móvil en una caja (casi) todas las noches, con un post-it encima que pone: «Acción, no reacción». Mi idea es no mirarlo hasta que no he terminado mi tiempo de escritura matutino. Además, Pablo y yo hemos acordado probar a dejar un día de la semana sin pantallas para desintoxicar nuestro cerebro de Internet en general.

Hay quien recomienda irse de Facebook durante un periodo y después valorar si quieres volver y en qué medida, pero yo creo que es mejor crear espacios libres de RRSS de forma permanente (varias horas al día, o un día a la semana) que dejarlas dos meses y después usarlas de nuevo. Sin nuevas rutinas que amortigüen el efecto adictivo de estas aplicaciones, es demasiado fácil volver a los hábitos que tenías antes de tu descanso.

La chica tímida de la esquina de la fiesta

Mis períodos de mayor adicción a Facebook han sido aquellos en los que más intervenía yo: porque estaba colgando fotos a muerte para mostrarle a mi ex que mi vida era estupenda, o porque había empezado a participar en todas las discusiones de un grupo sobre comida paleo. Intervenir en las redes multiplica la adicción, porque los estímulos personalizados que genera («me gusta» y comentarios dirigidos a ti) son muchísimo más placenteros.

Comprométete a no publicar nada en un mes, ni darle a «me gusta», ni comentar nada de nadie, pero date permiso para continuar mirando tus redes; la influencia que tienen sobre ti disminuirá y si quieres cortar el cordón, estarás en una posición más ventajosa para hacerlo.

Hay más peces en el mar

Estar en Facebook no nos hace idiotas. Solo significa que tenemos ciertas necesidades y que una empresa muy inteligente las utiliza para sus propios fines. Respétate a ti y a esas necesidades, y encuentra una forma distinta de satisfacerlas.

Empieza por hacer una lista. En mi caso, lo que yo necesitaba y Facebook solucionaba parcialmente era:

  • Conexión humana.
  • Estimulación intelectual.
  • Información.
  • Creatividad.
  • Sentimiento de pertenencia.
  • Un medio de difusión para mis ideas.

¿Cómo puedo satisfacer todo eso sin redes sociales?

  • Conexión humana: puedo llamar a amigos por teléfono, quedar con ellos en persona, apuntarme a quedadas presenciales sobre algún tema, charlar con el camarero del bar o con la frutera de mi barrio, escribir aquí, escribir mails y cartas, quedar para hacer Skype con los que están lejos, pasar un fin de semana en Cádiz y ver a los compañeros de la residencia que viven allí.
  • Estimulación intelectual: puedo leer, escribir, tocar el piano, irme a dar vueltas por la biblioteca o por una librería, leer blogs, ver documentales, ver películas, aprender a leer música, hacer sudokus, aprender a resolver más rápido el cubo de Rubik, mejorar en el lettering.
  • Información: puedo leer periódicos, suscribirme a revistas, leer ensayos, preguntar a gente que sepa de distintos temas, escribir sobre lo que me interesa y utilizarlo como excusa, leer artículos, hacer entrevistas a gente diciendo que es para mi próximo libro, charlar con personas cuya opinión respeto.
  • Creatividad: puedo escribir mi novela, dibujar cómics de calidad dudosa, desenterrar mi réflex y salir a hacer fotos, publicar en este blog, filmar un documental casero, grabar monólogos y subirlos a Youtube.
  • Sentimiento de pertenencia: puedo hacerme de un partido político, de una asociación, ¡de una secta! Puedo crear un grupo sobre algo que me interese y reunirme semanalmente con ellos. Puedo intercambiar mails con gente del extranjero que comparta alguna afición. Puedo asistir a congresos o a encuentros internacionales.
  • Un medio de difusión para mis ideas: tengo este blog. Puedo mandar mails colectivos a todas las personas de mi libreta de direcciones, como hacía a principios de siglo, puedo subirme a un banco y gritar como una loca, tengo Youtube, mi lisa de correo, puedo publicar libros en Amazon, crear una mini-revista y repartirla por los bares de Granada, meter mensajes en botellas y tirarlos al mar.

Etc.

Cuando tengas tu lista, empieza a dedicar más tiempo a una de las actividades que has apuntado. Después a otra. Después a otra, y así hasta que te des cuenta de la gigantesca pérdida de tiempo que son las redes sociales.

La bella violinista noruega

Uno de los ejercicios que más utilizo en consulta es preguntar: “¿qué pasa en tu vida si sigues haciendo esto durante diez años? ¿Y si lo cambias?”.

Quizá creas que no tiene mucha repercusión pasar una hora al día en Facebook; total, qué más da. Pero, ¿qué pasa si lo haces durante diez años? ¿Y si pones en marcha durante diez años alguna de las ideas que te he mencionado antes? ¿Y si escribes, o lees, o tocas el piano, o tomas un café con alguien en persona, o paseas, o haces pesas, durante una hora, los próximos diez años? ¿Dónde vas a estar?

Hay un vídeo en Youtube que me encanta, de una chica noruega que empezó a tocar el violín a los veintiséis y fue filmando sus progresos durante los dos primeros años. Tiene más de siete millones visitas, e imagino que no todas están ahí porque la chica parece sacada de un videojuego de fantasía. Más adelante, hizo un vídeo explicando cómo había practicado: solo dio ocho clases, siguió tutoriales de Youtube y tocaba cuando se le antojaba, entre diez minutos y dos horas al día.

Es increíble lo que puedes hacer con tu vida si dedicas un poco de tiempo, día tras día, mes tras mes y año tras año. Después de dos años mirando Facebook no tienes nada. Nadie querría ver tus vídeos en Youtube, con la mirada perdida en la pantalla, scrolleando hasta que te duelen las córneas. Pero después de dos años tocando el violín tienes algo que es tuyo, una habilidad, una experiencia, algo que te importa y que los demás querrían porque todos compartimos el interés por mejorar en algo tangible. De ahí es donde viene la autoestima de verdad: de hacer lo que te genera una buena opinión de ti misma, de implicarte día tras día en algo que importa.

Eso es lo que te están robando las redes sociales. Recupéralo.

Observa también si notas en tu propio cerebro, en tu capacidad atencional, el deterioro del que te he hablado antes. Cada vez que usas las redes sociales, tus neuronas cambian para desempeñar mejor la tarea de prestar atención a… las redes sociales. ¿Quieres entrenarlas para eso durante diez años más?

¿Qué es más importante que la pasta de dientes?

El argumento con más peso en mi batalla anti-Facebook particular es que creo que lo que nos estamos jugando aquí es mucho más que si pasas tu tiempo entreteniéndote de una u otra forma. Creo que nos estamos jugando preservar lo que nos hace humanos: nuestra capacidad de concentrarnos en algo durante mucho tiempo, nuestra empatía, nuestras conexiones con otros.

Este verano vi en el World Domination Summit la charla de Scott Harrison: el CEO de una ONG que se dedica a tratar de solucionar el problema del agua en los países pobres. Decía que se había dado cuenta de que se pone más inteligencia, esfuerzo y cariño en vender pasta de dientes que en buscar soluciones a problemas realmente importantes. Las mentes más brillantes de nuestra generación están buscando formas de hacer las redes más adictivas y de que hagamos clic más y más a menudo. La única manera en que podemos votar para cambiar eso es con nuestra atención y con nuestro dinero.

¿Qué significa para ti la presencia o la ausencia de redes sociales? Si sospechas que algo huele a podrido en ellas, ¿qué quieres poner en su lugar? ¿Qué mundo quieres dejar a tus hijos y a tus nietos?

Múdate con ese loco

A nadie le gusta que le quiten algo. La privación es desagradable y amenazante. Por eso, piensa en dejar las redes sociales como en un regalo que te estás haciendo. Piensa en lo que vas a poner en su lugar: en el aire fresco para tu mente y en el tiempo que vas a liberar para dedicarte a actividades más divertidas. Elimina tu cuenta y, ese mismo día, empieza algo nuevo y estimulante, algo absorbente y loco como escalar o compartir piso con Sherlock Holmes.

Puede que empiece una tradición: incluir una foto de Sherlock en cada post

 

Por supuesto que tendrás flashes de lo que te estás perdiendo, o incluso cierta tristeza por haber perdido «amigos». Cuando vengan, respira y déjalos estar; deja que se vayan como los pétalos que volaban durante las canciones de Pocahontas. Después, levanta la vista y fíjala en lo que es importante para ti: el foco, la conexión, el tacto, el amor y las risas. Sostén la belleza frente a tus ojos, como hacía Agnes en La inmortalidad. Y empieza a caminar con paso firme en esa dirección.

“Se dijo: cuando el asalto de la fealdad se vuelva completamente insoportable, compraré en la floristería un nomeolvides, un único nomeolvides, ese delgado tallo con una florecita azul en miniatura, saldré con él a la calle y lo sostendré delante de la cara con la vista fija en él para no ver más que ese único hermoso punto azul, para verlo como lo último que quiero conservar para mí y para mis ojos de un mundo que he dejado de querer. Iré así por las calles de París, la gente comenzará pronto a conocerme, los niños irán corriendo pronto tras de mí, se reirán de mí, me tirarán cosas y todo París me llamará: La loca del nomeolvides”

– Milan Kundera, La inmortalidad

 

Enlaces

  1. .
  2. .
  3. .
  4. Vídeo de la violinista noruega.
  5. Añadido:  (¡Gracias, Miguel!)

(Si me he dejado algún enlace importante, dímelo y lo incluyo)

 

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